La comunicación y la investigación independiente un bien escaso en estos tiempos de incertidumbre
¿El nuevo desorden mundial de la comunicación contra la democracia?
Por Rosa Franquet, catedrática de la Universitat Autònoma de Barcelona.
TRIBUNA ABIERTA
Cómo citar: Franquet, R. (2025, 30 de mayo). La comunicación y la investigación independiente un bien escaso en estos tiempos de incertidumbre. ¿El nuevo desorden mundial de la comunicación contra la democracia?. En Boletín Mensual de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación (45). https://doi.org/10.5281/zenodo.15538774
Introducción
El nuevo orden mundial, una etiqueta surgida después de la II Guerra Mundial y afianzada con la Guerra Fría, se cuestiona desde hace tiempo. Las potencias vencedoras de la guerra se repartieron el planeta y sus zonas de influencia y organizaron la diplomacia internacional imponiendo las reglas de juego basadas en sus intereses y planes. Unas normas aceptadas o toleradas que permitieron la emergencia de instituciones internacionales reconocidas, por una inmensa mayoría de países, con la finalidad de promover la paz, la cooperación y la reconstrucción global como: la Organización de Nacionales Unidas (ONU), la Organización de las Nacionales Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Agencia para los Refugiados (ACNUR) o la UNESCO. A las que podemos sumar organizaciones posteriores como la Human Rights Watch o la Corte Penal Internacional (CPI) con la misión de combatir la impunidad de los crímenes de lesa humanidad, los crímenes de guerra o los genocidios. Unas instituciones que ofrecen ciertos marcos de seguridad operativa y jurídica, que velan por el orden internacional, y que han llegado al siglo XXI debilitadas como consecuencia de estratagemas desplegadas por las principales potencias.
Organismos capaces de ejercer un cierto contrapeso ante los excesos derivados de las estrategias de los bloques geopolíticos dominantes, a pesar del derecho de veto de los estados permanentes del Consejo de Seguridad. Una labor cuestionada con insistencia y obstinación, en el último periodo, en especial aquellas entidades que defienden los derechos humanos, la educación y la cultura.
En el ámbito cultural es necesario mencionar a la Unesco con un legado e influencia significativa durante varias décadas. Entidad que coordinó el informe “Many Voices, One World. Communication and Society, Today and Tomorrow” impulsado por la ONU, a petición de los Países No Alineados, donde se analizaban los problemas globales de la comunicación[1]. Los resultados se presentaron en la Conferencia General de la Unesco en 1980 y el documento sirvió para articular el camino del nuevo orden mundial de la información y la comunicación (NOMIC). Entre sus logros destacamos conseguir llegar a un consenso a pesar de que la comisión estaba formada por dieciséis miembros y su presidente que pertenecían a diferentes sistemas políticos, económicos y culturales y se situaban en distintas áreas geográficas e ideologías políticas. Las diferencias no permitieron llegar a un acuerdo acerca de una posible regulación de la comunicación.
Fue el documento sobre comunicación más completo y elaborado del momento y hacía hincapié en la propiedad y la concentración de los medios, la falta de pluralidad de las fuentes informativas, el control corporativo de los contenidos, el papel de las agencias de prensa o los desequilibrios informativos entre las diversas regiones del mundo. Se entendía la comunicación e información como un derecho fundamental y no sólo como una mercancía, aconsejándose trabajar por el reequilibrio de los flujos comunicativos Norte-Sur.
Estas reflexiones incomodaron a varios países occidentales y el informe fue duramente criticado. En 1983 Estados Unidos y un año después Gran Bretaña anunciaron su retirada de la UNESCO como estados miembros, aunque volverían años después. La acción de retirar los fondos aportados significó un avisó para el pensamiento crítico y la independencia, quedando justificaba la censura. Un proceder que los gobernantes han utilizado cuando los dictámenes de los organismos internacionales no se ajustan a sus creencias y/o intereses y que ahora el presidente Trump lo maneja de manera recurrente con las voces críticas.
Desafíos del pasado que irrumpen en el presente.
A pesar de las aportaciones del informe McBride, en la década de los 80 del siglo XX, se consolidó una tendencia que validaba la desregulación y comercialización de los sistemas de comunicación, al mismo tiempo, que se debilitaban los medios de comunicación públicos. “La nueva lógica de funcionamiento de medios, supuestamente guiada por la mano invisible del mercado, ha significado, dirigida por el férreo timón del capital, un feroz proceso de concentración, no ya a nivel nacional sino internacional” (Mestman y Mastrini,1996: 85).
El objetivo era avanzar hacia el mundo globalizado auspiciado por los avances tecnológicos (TICs) que nos traerían toda clase de beneficios. En occidente, apostar por el crecimiento constante como garantía de riqueza, potenciar el consumismo exacerbado y fomentar el individualismo competitivo, serían las ideas fuerza difundidas por las instituciones políticas y económicas y sus líderes. La sociedad civil quedaba marginada de ese debate y las voces críticas, a penas, pudieron contrarrestar ese discurso dominante en los medios de comunicación quedando postergados los principios basados en el bien común, la ecología o la sostenibilidad.
La etapa de desregulación favorecería la emergencia de nuevos actores en el sector de la comunicación y las telecomunicaciones que, progresivamente, tenderían a la concentración y donde se reducía la financiación de los medios de comunicación públicos europeos, escenario que dificultaba enfrentar con éxito las innovaciones y desafíos de la nueva etapa. Además, con la aceleración abrumadora de las transformaciones científicas y tecnológicas y la digitalización se volvió a evidenciar la fragilidad de los estados para controlar a los nuevos actores, tanto nacionales como supranacionales.
La emergencia de los grandes actores tecnológicos y su impunidad operativa.
El contento actual, se caracteriza por la concentración de poder por parte de las élites extractivas que no tiene precedentes y los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft), o los BATX (Baidu, Alibaba, Tencent y Xiaomi) no sólo acumulan bienes materiales, sino que quieren los beneficios de los bienes intangibles generados por otros actores sin respetar la propiedad de autoría intelectual (Franquet, 2024). Unos oligopolios omnipresentes en muchos sectores y servicios y en especial en las redes sociales, que con la ayuda de la IA imponen sus normas de funcionamiento con audacia, inflexibilidad e impunidad.
Las investigaciones han evidenciado como los algoritmos de recomendación y personalización se han implementado con la finalidad de retener durante el mayor tiempo posible a los y las usuarias y conseguir la tasa máxima de viralización y engagement de sus contenidos. Un efecto colateral es el “filtro burbuja”, como apuntó Pariser (2017), que refuerzan nuestras posiciones y creencias sin una exposición a contenidos de calidad diversos y plurales que contribuyan a presentar la sociedad poliédrica y compleja actual.
En paralelo, las redes distribuyen con éxito las noticias falsas o los discursos de odio, contenidos polarizados y polémicos que, amparados en el anonimato, apelan a las emociones y obtienen un mayor rendimiento para las empresas. Unas informaciones y discursos que se expanden y se ceban sobre los colectivos más vulnerables como han evidenciado análisis independientes en multitud de ocasiones (Palella y Sánchez, 2025).
Las verificaciones y la moderación de contenidos, especialmente, los discursos de odio devienen imprescindibles en una sociedad democrática. No obstante, las plataformas digitales como X (Twitter), Instagram y YouTube han diseñado sus algoritmos para dar prioridad a la interacción y engagement en vez de establecer mecanismos efectivos de verificación o moderación de los contenidos. Si ante las presiones algunas compañías como Facebook o Twitter, asintieron en crear sistemas propios de moderación y verificación para mitigar los efectos de la desinformación y discriminación, pronto dieron marcha atrás. Elon Musk o Mark Zuckerberg eliminaron los fact checker de sus empresas argumentando problemas logísticos o de libertad.
Un síntoma de la calidad democrática de una sociedad es contener los discursos de odio y ofrecer a la ciudanía información contrastada y veraz para poder intervenir en los debates públicos, en un escenario neutral y seguro, exento de hostilidades, estigmatizaciones o prejuicios contra las personas y sus creencias como debería garantizar cualquier herramienta tecnológica.
Difíciles tiempos para la democracia
A finales del primer cuarto de siglo XXI, se nos plantean multitud de incertidumbres derivadas, por un lado, de los avances sistemáticos en todos los campos científicos que abrazan la IA generativa que se ha consolidado como método disruptivo en todas las esferas de la actividad humana; por el otro, como consecuencia de las agendas y las políticas de los gobiernos ganadores de elecciones en los distintos continentes que estimulan la confrontación y la polarización política.
El escenario internacional se caracteriza por las tensiones entre bloques, con guerras regionales y las violaciones de integridad territorial y de los derechos humanos que coinciden con el debilitamiento de las instituciones internacionales y las disputas de liderazgo mundial. La cuestión de hasta dónde llegará la imprevisibilidad de Trump 2.0 se empieza a desvelar (CIDOB, 2024).
Las manifestaciones del presidente han dejado claras las prioridades y cuentan con el beneplácito de una pléyade mayoritaria de hombres blancos ricos del Silicon Valley de las finanzas como Elon Musk; Mark Zuckerberg; Jeff Bezos; David Sacks o el defensor de las criptomonedas Marc Andreessen. Un elenco adulador posicionado contra el aumento de impuestos a los ricos y a una regulación más estrictas sobre la tecnología y la competencia. Estos apoyos se compensan legislando a favor de los intereses de sus financiadores.
Estas alineaciones de los poderes políticos y económicos suscitan una reflexión sobre la idea del “no control” como forma de libertad esgrimida por políticos y economistas. Cuando ese ilusorio “no control” se ha convertido en el nuevo control que nos arroja a un mundo cada vez más injusto, desequilibrado y desigual. Como apuntan los movimientos de Mark Zuckerberg para cancelar los programas de diversidad de sus empresas o las acciones preventivas sobre los contenidos racistas, antisemitas, sexistas o conspiratorios de las plataformas.
Entre otros muchos desafíos, en la actual coyuntura política, es importante conseguir que las criptomonedas[2] no escapen a la fiscalidad. Al mismo tiempo, la vigilancia ciudadana y la investigación independiente son imprescindibles para combatir la desinformación y manipulación en medios de comunicación y en las redes. Así como, seguir con atención los desarrollos de la IA, todo y reconocer, las escasas posibilidades que tienen los organismos nacionales o supranacionales para contrarrestar el poder de los magnates de la comunicación y dirimir los conflictos en litigio con las grandes compañías proveedoras de servicios relacionados con la IA generativa.
En 2021 Unesco estableció distintas recomendaciones sobre la Ética de la Inteligencia Artificial y apuntó cómo los sesgos pueden “llegar a provocar discriminación, desigualdad, brechas digitales y exclusión y suponer una amenaza para la diversidad cultural, social y biológica, así como generar divisiones sociales o económicas”.
Manifestando “la necesidad de transparencia e inteligibilidad del funcionamiento de los algoritmos y los datos con los que han sido entrenados” (Unesco, 2021:62). Las máquinas que aprenden con datos sesgados con prejuicios racistas o misóginos necesitan exponerse a datos que muestren la diversidad y pluralidad social para que esa realidad pueda verse reflejada en la toma de decisiones automatizadas del mañana. No hacerlo puede ser muy ineficiente y peligroso al preservar y en ahondar en la injusticia sistémica o estructural. No hay nada mágico en la IA y es necesario ser consciente, en cada momento de aplicación, de sus beneficios y sus daños, de sus limitaciones y de sus alucinaciones.
Si bien se ha avanzado en la reducción de los sesgos estereotipados en los LLM (Large Language Model), el texto de Xuechunzi apunta que queda mucho por aprender sobre el origen de estos sesgos ya que, a pesar de los esfuerzos por reducir los prejuicios y la discriminación en la sociedad, “los seres humanos no han eliminado los prejuicios, sino que han aprendido a transformar los estereotipos evidentes en formas más difíciles de ver” (2004: 9).
La UE ha intentado mitigar la poca claridad y transparencia acerca de la gobernanza de Internet y sus actores con el Reglamento de Servicios Digitales, que se aplica a todas las plataformas desde el 17 de febrero de 2024. Su misión es regular los intermediarios y las plataformas en línea, las redes sociales, las plataformas de intercambio de contenido, etc. El objetivo es prevenir actividades ilegales y perjudiciales en línea y la propagación de desinformación, así como garantizar la seguridad del usuario y proteger sus derechos fundamentales. Un marco regulatorio necesario del que comprobaremos su eficacia con su aplicación en la UE y en los distintos estados miembros.
La investigación independiente como garante de las sociedades democráticas.
Los recientes ataques contra la autonomía de distintas universidades norteamericanas por parte del gobierno de Trump, nos recuerda las purgas lideradas por el senador McCarthy para erradicar los “supuestos comunistas” en las instituciones públicas en la década de los 50 del siglo pasado. Las listas negras y las acusaciones sin pruebas sólidas afectaron a cientos de personas.
Los ataques por supuesto “sesgo progresista” a la Harvard University carecen de toda lógica y el anuncio de quitarles fondos públicos o revocar la certificación de estudiantes extranjeros, al no entregar los registros de las protestas estudiantiles de los últimos cinco años, constituye una provocación. Este proceder del gobierno norteamericano nos interpela sobre la obligatoriedad de defender la libertad e independencia de las instituciones educativas y de investigación frente a los poderes fácticos sean estos económicos, políticos o religiosos.
Las universidades y las instituciones científicas como organismos independientes y críticos tienen como misión generar conocimiento y transferirlo a la sociedad, así como formar personas capacitadas para afrontar los desafíos científicos, tecnológicos y sociales contribuyendo al progreso humano. Es el momento de no dejarse intimidar, y buscar la cooperación y el diálogo multidisciplinar, para fortalecer el pensamiento independiente y crítico alineado con los valores intrínsecos de bien común de las sociedades democráticas.
Bibliografía
CIDOB. El mundo en 2025: Diez temas que marcarán la agenda internacional https://bit.ly/4mw27KB
Franquet, Rosa (2024). “Inteligencia Artificial y DeepFakes: sesgos de género y agresión contra las mujeres”. En Adriana Gonçalves; Luisa Torre y Paulo Víctor Melo (eds.) Inteligência Artificial e Algoritmos. P. 83-101. LABCOM. https://bit.ly/4kfHkJH
Mestman, Mariano & Mastrini, Guillermo. (1996). ¿Desregulación o re-regulación?: De la derrota de las políticas a las políticas de la derrota. CIC: Cuadernos de información y comunicación, (2), 81-88.
Palella, S, y Sánchez, M. (2025). Discurso de odio xenófobo en redes sociales a través de los mensajes difundidos en la plataforma X. Revista Internacional de Cultura Visual. 1, (2), 281-197. https://doi.org/10.62161/revvisual.v17.5764
Pariser, E. (2017). El Filtro Burbuja. Cómo La Web Decide Lo Que Leemos Y Lo Que Pensamos. Taurus Ediciones.
Unesco (2021). Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial. https://bit.ly/3STXlbZ
Xuechunzi, B.; Wang, A.; Sucholutsky, L. y Griffiths, T. L. (2024). Measuring Implicit Bias in Explicitly Unbiased Large Language Models. Princeton University https://doi.org/10.48550/arXiv.2402.04105
[1] El informe fue presidido por el irlandés Seán MacBride, ganador del premio Nobel de la Paz y entre los 17 miembros contó con una sola mujer Betty Zimmerman periodista y la única con experiencia en medios electrónicos al trabajar en Canadian Broadcasting Corporation.
[2] Ver: https://www.citizen.org/article/big-crypto-big-spending-2024/

