De las cuadrillas a los equipos

Por José Luis Piñuel Raigada, catedrático emérito de la
Universidad Complutense de Madrid. Doctor en Psicología por la
Universidad «Louis Pasteur», Estrasburgo, Francia (1978) y
doctor en Filosofía

TRIBUNA ABIERTA



Cómo citar: Piñuel Raigada, J. L. (2026, 27 de marzo). De las cuadrillas a los equipos.
En Boletín Mensual de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación
(53). https://doi.org/10.5281/zenodo.19064543

Las dinámicas académicas y sociales de los grupos de investigación en nuestras universidades

Introducción
Quiero en esta tribuna proponer una reflexión sobre la trayectoria que en las últimas décadas se ha ido desarrollando en las prácticas sociales y académicas, como la de trabajar entre compañeros de docencia para cuestionar el conocimiento que se aspira a transmitir y enriquecerlo con el compromiso de formar a los profesionales para las tareas sociales de la producción, en nuestro caso, de servicios de Comunicación. En el campo de la producción social de servicios de comunicación, los cambios se han acelerado tan vertiginosamente que, como consecuencia de las novedades tecnológicas, los saberes y habilidades de sus profesionales se han sucedido y se están desarrollando cada vez con menos tiempo entre un hito y otro de aquellas novedades. El contexto social, académicamente más frecuente en las ciencias sociales y humanas, ya no es el de las ciencias que confluyen en los cambios tecnológicos de la comunicación social, sino que es el uso de las nuevas tecnologías que se torna hegemónico en otros muchos cambios sociales que afectan a la economía, a la política, a la salud, a la educación, hasta la vida cotidiana en la alimentación, en la vivienda, en los transportes, etcétera.

El inicio: espigando los saberes de las ciencias sobre la comunicación
La comunicación, hasta mediados del siglo XX, era un tipo de prácticas de intercambio de señales, de mensajes, de textos y de discursos cuya función se asignaba entre algunos seres vivos para cooperar en tareas habituales cubriendo sus objetivos de supervivencia biológica de nutrición, defensa, adaptación y reproducción individual y colectiva. En las especies menos evolucionadas se consideraban asociadas a señales sensorialmente limitadas en su variedad; que a medida que las especies evolucionaron en sus repertorios de habilidades de interacción, las señales se complicaban en su variedad para diferenciarse hasta integrar secuencias y códigos con señales limitadas en su probabilidad de uso e intercambio, dando lugar a mensajes, a cuyos estudios los saberes ya se encontraban diferenciados en disciplinas cada vez más diversas tanto en el campo de la biología como en las ciencias del lenguaje, la arqueología y la historia. Esta confluencia en la investigación científica derivó durante mucho tiempo hasta generar el estudio de los textos en el análisis de mensajes, en cuyas condiciones de probabilidad los análisis tomarían en cuenta cada vez más variables alejadas de las gramáticas de las lenguas y dependientes de presiones sociales vinculadas a sus contextos culturales de uso, lo cual llevó a desarrollar el interés por el estudio de la comunicación por sus contextos, generando así el análisis de la comunicación a través de sus discursos, a cuya diversificación de enfoques contribuyó poderosamente la semiótica. Pero ya a mediados del siglo XX cobra interés académico plantear una epistemología de la confluencia de tantos saberes científicos que habían contribuido al estudio de la comunicación. A este esfuerzo le acompaña la formulación de Shannon y Weaver con su Teoría matemática de la comunicación en 1948, lo cual añadió un nuevo significado a un término ya antiguo, el de Información, de raíces aristotélicas por su epistemología del hilemorfismo, etimológicamente composición de los términos griegos clásicos de hýlē (ὕλη) = materia y de morphē (μορφή) = forma. Con la Teoría matemática de la comunicación se asocia a toda comunicación ciertas modulaciones energéticas (en tanto que hýlē (ὕλη) = materia) y su probabilidad (en tanto que morphē (μορφή) = forma) matemáticamente medible cuando se calcula la diversidad limitada de modulaciones energéticas transmisibles según un repertorio finito de unidades y de combinaciones entre ellas cuya anticipación cognitiva blindaba la fidelidad de las transmisiones frente a distorsiones por ruido.
La plétora de saberes, cuyo repaso acabo de exponer, podría considerarse un resumen exageradamente somero del campo que suele recibir el nombre de Teoría de la Comunicación, cuando esta materia académica aspira a establecer una epistemología científica de las aportaciones de esos saberes a la comunicación como objeto de conocimiento científico. Pues bien, a mi juicio, en nuestras universidades la comunicación como objeto de conocimiento científico dio sus inicios en los primeros centros universitarios destinados a la responsabilidad de formar a profesionales de la producción social de servicios de la comunicación y, por ello, fueron creadas Facultades y, en América latina, departamentos universitarios, legitimados para otorgar grados de Periodismo, Publicidad y Relaciones Públicas, Comunicación Audiovisual y Documentación. En sus orígenes los contextos sociales y académicos de trabajar entre compañeros docentes para cuestionar el conocimiento que se aspira a transmitir y enriquecerlo, surgió y se fue instalando a raíz de iniciativas y de compromisos personales programando reuniones y programas de trabajo para lograr producir textos docentes y bibliografías en ayuda del aprendizaje. Comenzaron a recibir entonces el nombre de grupos de investigación que, carentes de reconocimientos de valor académico, más se asemejaban a una cuadrilla de subalternos a las órdenes de un jefe estrella a cuyo brillo docente contribuían, que a una entidad con naturaleza de grupo por su estabilidad en las tareas y calendarios.

Reconocimiento de grupos en competición ante convocatorias de Proyectos de Investigación
La historia de cómo las presiones sociales por pautar la movilidad académica, pasando de profesor ayudante y asociado a las categorías posteriores hasta llegar al rango superior de catedrático, ha condicionado fuertemente la necesidad de acumular méritos, y entre estos siempre primaron las publicaciones. Para conseguir las publicaciones no existían al principio convocatorias de proyectos de investigación, y los resultados eran sobre todo los de la edición de textos docentes. Pero a medida que aparecieron convocatorias de proyectos de investigación en los años 70, desde las más locales (de la propia universidad) pasando por las autonómicas y hasta llegar a las estatales y las internacionales europeas (las de mayor rango) la existencia de contar con un equipo de investigación para optar a ellas significó la necesidad de dar reconocimiento a los equipos, al menos mientras el proyecto se mantuviera vivo (habitualmente de tres a cinco años [1] ). Quienes iniciamos nuestra docencia durante los años 70 recordamos que a medida que las convocatorias se fueron sucediendo y aumentando el número de proyectos financiados, los equipos de proyectos dejaron de ser la única estela de continuidad de aquello que poco antes había existido, como las referidas
“cuadrillas”, pues apareció el proceso creciente de encadenar equipos que, concluidos los años limitados a la duración del proyecto, estaban dispuestos a solicitar otro e incluso a añadir nuevos equipos capaces de optar a otras convocatorias. Las universidades eran las únicas entidades jurídicamente hábiles para ser beneficiarias y dar cuenta de la gestión financiera aplicando los ingresos en los Proyectos autonómicos y estatales. Esta dinámica permitió a las universidades españolas emprender normativas sobre grupos de investigación, reconocidos progresivamente como “consolidados”, especialmente si reunían varios proyectos con sus respectivos equipos. Pero, todavía, en la actualidad existe un panorama bastante heterogéneo y, desde un punto de vista analítico, con fortalezas, pero también debilidades estructurales.

Sin regulación estatal homogénea sobre grupos de investigación consolidados
El punto clave es que no existe una regulación estatal homogénea sobre grupos de investigación consolidados. La base legal es la Ley Orgánica 2/2023 del Sistema Universitario (LOSU), que reconoce los grupos de investigación como unidades básicas de actividad científica, pero en ella se delega en cada universidad la regulación de creación, reconocimiento y funcionamiento de los grupos consolidados de investigación. Aunque no hay definición estatal única, las normativas universitarias coinciden bastante en ciertos criterios, como número mínimo de investigadores: al menos 5 o más, de los cuales la mitad de la propia universidad y con una proporción significativa de doctores y con vinculación estable, ineludiblemente el Investigador Principal sobre quien reside la responsabilidad de gestión; muy frecuentemente se exige también una trayectoria investigadora acreditada, tanto en desarrollo de proyectos como en producción científica, si bien las acreditaciones verificables susceptibles de aportar al grupo medidas de méritos, privilegian la acumulación de méritos individuales, como los sexenios de investigación, pero también los Proyectos competitivos financiados y su internacionalización, y otras métricas de transferencias e impacto en las publicaciones aportadas al currículo del grupo.
Casi todas las universidades tipifican la naturaleza de los grupos en categorías. Una primera la de Grupo consolidado, con Reconocimiento institucional estable, prioridad en convocatorias internas, pero, sobre todo, cada vez con mayor frecuencia, con evaluación externa (que puede corresponder a rangos de excelencia, de productividad estable, emergente, o colaborador asociado). La evaluación externa y en especial para las solicitudes de renovación periódica, suele ser un requisito indispensable en universidades de Cataluña, País Vasco, Comunidad de Madrid, Galicia y Aragón. En la mayoría de las universidades los grupos consolidados, como los mejor evaluados, disponen de financiación doméstica de la propia universidad y de recursos externos obtenidos por contratos externos y por proyectos vivos en realización. Pero no tienen autonomía de gestión en la aplicación de recursos, pues tanto si proceden de la propia universidad, como si reciben financiación externa, es la universidad la entidad beneficiaria y es ante ésta donde los grupos deben dar cuenta de ingresos y gastos. Todo depende de la naturaleza de inscripción de los grupos consolidados, que en algunas universidades son adscritos al Departamento, pero no dependen de éste para dar cuenta de su actividad económica ni administrativa, sino que dependen de la correspondiente Facultad o de los servicios económicos o administrativos de entidades superiores a la Facultad y vinculadas al Rectorado, ya sea a través de una Fundación ad hoc, o de un Vicerrectorado de Investigación, o de institutos especializados de investigación, mayoritariamente universitarios públicos, como el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) mediante convenios siempre con el aval de la propia universidad.

Grupos e Institutos en competición
Según la información disponible a este respecto en nuestras áreas de estudio, hay institutos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) e Institutos mixtos dedicados a las áreas de Ciencias Sociales y Comunicación que desarrollan investigaciones en disciplinas como sociología, antropología, economía, estudios de comunicación y ciencia política. Estos centros fomentan la tradicional confluencia de la investigación interdisciplinar y colaboran activamente con universidades y entidades tanto nacionales como internacionales. Los institutos mixtos, fruto de la colaboración entre el CSIC y otras instituciones académicas, refuerzan el intercambio científico y la transferencia de conocimiento entre investigadores. Estos institutos suelen estar vinculados a universidades y centros tecnológicos, lo que les permite acceder a recursos complementarios y a una mayor diversidad de proyectos de investigación rigiéndose por normativas específicas propias tanto en la creación, como en el mantenimiento y reproducción de grupos de investigación. Estos, igualmente, colaboran en la organización de congresos, seminarios y actividades de formación para investigadores y estudiantes.
Se observan cambios los últimos años en la trayectoria de la organización de las actividades centradas en la investigación universitaria por equipos, y que son tendentes en dos direcciones complementarias, pero también a veces opuestas. Una es la dirección orientada a la cooperación interuniversitaria y la creación de tejidos en red de grupos de investigación, enlazados por la confluencia de intereses según líneas de investigación aprovechando las convocatorias, sobre todo europeas, que establecen como requisito la cooperación entre grupos y equipos de diferentes universidades y países. Otra es la aspiración orientada por superar las limitaciones de autonomía financiera y de gestión que aqueja a los grupos de investigación consolidados en cada universidad, pues las condiciones de su adscripción, ya sea a Departamentos, a Facultades, a Vicerrectorados, etc., les somete a dependencias de entidades de rango superior sin la contrapartida de tener representación en ellas, pues así como los departamentos, las Facultades, los Institutos, las Escuelas de doctorado, los Vicerrectorados de investigación tienen representación y voto escalonado (p.ej. los Departamentos en Junta de Facultad, las Facultades en Claustro, los Vicerrectorados en Juntas de Gobierno, etc.), los grupos como tales no tienen representación ni voto ni siquiera al interior de los Departamentos. Y esto es así, aunque en los estatutos universitarios y en la administración académica de la docencia en los rangos superiores de titulación, como los Máster y los programas de Doctorado, se exige el aval de grupos de investigación para cooperar en la formación de investigadores. A mi juicio esta contradicción alienta la asignación de un papel creciente por parte de los Institutos de investigación frente a los grupos, y en favor de una exigencia también mayor de indicadores de impacto, de integración con estrategias institucionales de investigación, con el atractivo de los rankings y en la captación de proyectos europeos.

Propuesta por la gobernanza para los grupos de investigación consolidados
Es de agradecer que hayan casi desaparecido las “cuadrillas” de investigación a las órdenes de un jefe estrella ayudándole a cuestionar y mejorar textos docentes de asignaturas, que los renovados planes de estudio tienen que ofrecer por la presión de los cambios tecnológicos y, sobre todo, sociales y económicos, que tanto afectan a la producción social de servicios de comunicación; y que la actividad organizada en torno a los cambios de los “grupos de investigación consolidados” vaya progresando, más persiguiendo la cooperación para la ciencia y el conocimiento colectivo, que para apropiarse de plazas mejor dotadas para competir en reputación y concesión de proyectos. Para dinamizar el compromiso del trabajo investigador entre los miembros de los grupos consolidados de investigación, es preciso que se añada a los criterios de evaluación externa, la existencia de reglamentaciones internas en los grupos valorando la dedicación y su rendimiento en las aportaciones al grupo por parte de sus miembros permanentes, proponiéndose su baja si las aportaciones no alcanzan mínimos exigibles. Esto contribuiría a que la pertenencia a grupos consolidados de investigación pudiese dar derecho a recibir puntuaciones favorables en los rubros de méritos en los currículos académicos. Y, finalmente, que las reglamentaciones internas en los grupos y su cumplimiento, tanto en aspectos administrativos, como económicos y académicos sean objeto de sanción para su aprobación o rechazo en las instancias de orden superior correspondientes a la adscripción asignada a los grupos, sea el Departamento, la Facultad, el Claustro, o instancias del Rectorado donde los grupos cuenten además con representantes elegidos y con derecho a voto.

[1] Sobre los 20 últimos años del siglo xx no me constan estudios de metainvestigación que hayan contabilizado y analizado los proyectos I+D financiados en el campo de la comunicación como objeto científico de estudio, pero desde 2013 a 2018 el programa MapCom contabilizó 315 proyectos competitivos nacionales (Lozano Ascencio et al., 2020), aunque exceptuando aquellos no relacionados con la comunicación como objeto científico de estudio, quedaron finalmente registrados 249 proyectos liderados por 38 universidades de las 55 que impartían grados y postgrados en Comunicación en España cuando se publica el libro con los resultados del segundo proyecto MapCom.


Referencias

  • Claes, F., Barranquero, A., & Rodríguez-Gómez, E. (2021). Proyección y transferencia de los grupos de investigación de la Comunicación en España a partir del análisis de sus sitios web”. Profesional de la Información, v. 30, n. 2, e300224.
  • Gaitán Moya, J. A., Lozano Ascencio, C. H., Caffarel-Serra, C., & Piñuel Raigada, J. L. (2021). La investigación en comunicación en proyectos I+D en España de 2007 a 2018. Revista Latina, (79), 1-25
  • Lozano Ascencio, C., Gaitán Moya, J. A, Piñuel Raigada, J. L. y Caffarel Serra, C. (2021). Los grupos de investigación consolidados en la praxeología de la Comunicación.RAE-IC, Revista de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación, 8(15), 119-142
  • Peñafiel-Saiz, C; Ronco-López, M; Videla-Rodríguez, J.J., & Echegaray-Eizaguirre, L. (2019). Percepción y análisis de la comunidad universitaria sobre el sistema actual de investigación de la comunicación en España. Revista Latina de Comunicación Social, 74, pp. 1521-1541
  • Piñuel, J.L, Morales, E. (2018): Un estudio praxeológico de la investigación en comunicación, a través del análisis del discurso hegemónico de investigadores académicos en España. Perspectivas de la comunicación, ISSN-e 0718-4867, Vol. 11, Nº. 2, 2018, págs. 83-135