Atrapados en el tiempo. La formación en comunicación en un contexto de crisis de la democracia
Por: Juan Antonio García Galindo, Catedrático de Periodismo de la Universidad de Málaga, Director del Instituto Andaluz de Investigación en Comunicación y Cultura (INACOM), y socio de honor de AE-IC.
Como citar: García Galindo, J. A (2026). Atrapados en el tiempo. La formación en comunicación en un contexto de crisis de la democracia. En Boletín Mensual de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación, (58) DOI: 10.5281/zenodo.23561523.
No hay periodismo sin democracia, reza uno de los lemas más reiterados por los periodistas en los últimos años; sobre todo, desde que la profesión periodística ha tomado conciencia de su propia precariedad profesional, coincidiendo, a su vez, con el asalto a los valores de la democracia desde los postulados del neoliberalismo político. En los últimos años, y especialmente desde la llegada de Donald Trump al poder en Estados Unidos este asalto a la democracia se ha acelerado, beneficiado por la victoria de la extrema derecha en un importante número de países. Inclusive, en el seno de la Unión Europea.
Recién acabada la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill había declarado en la Cámara de los Comunes del Reino Unido (1 de noviembre de 1947) que “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás”. Y reconocía que eran muchos sus defectos y fallos, pero que -con todo- siempre eran menos dañinos para los ciudadanos y para la protección de sus derechos y libertades que los regímenes autoritarios y dictatoriales. Los años posteriores a la Segunda Gran Guerra fueron de desarrollo económico y de consolidación de la democracia en los países de la Europa Occidental, con diferente ritmo de progreso, pero todos con la aspiración de lograr la sociedad del bienestar. La creación primero de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (1951), de la Comunidad Económica Europea (1957), y luego de la Unión Europea (1993) fueron los hitos más importantes de un proceso de integración que era consecuencia de la época de esplendor económico y político que se extiende hasta las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo. Recordemos que este año se ha cumplido el 40 aniversario de la incorporación de España a las instituciones europeas. Sin embargo, las recesiones económicas mundiales de 1973-1975, 1982 y 1991, durante el último cuarto del siglo XX, y de 2009 y 2020, ya en el siglo XXI, han sido determinantes a la hora de entender el papel de las élites económicas ante la democracia en las últimas décadas. Precisamente, el neoliberalismo económico, que ya existía en la década de los años 30, se va a extender gracias a la obra del economista Milton Friedman a partir de los años 80 del siglo XX, coincidiendo con la conservadora Margaret Thatcher como primera ministra de Reino Unido, y del republicano Ronald Reagan como presidente de Estados Unidos.
Es preciso subrayar que paralelamente a las crisis económicas de los años 80 y 90 se produce el gran salto tecnológico hacia la revolución digital: los primeros ordenadores personales (1981); el almacenamiento digital en audio y video (1982 y 1983); la tecnología móvil comercial (1983); el primer software y sistemas operativos (1985); etc. A partir de entonces se va a producir el desarrollo definitivo de la informática y de las telecomunicaciones, sobre todo al pasar estas tecnologías desde los laboratorios hasta el nivel de los usuarios y generalizarse paulatinamente su uso en la sociedad. Desde ese momento, la imparable transformación de las tecnologías digitales, y el acceso progresivo a las mismas por parte de los ciudadanos, va a ir moldeando nuestro mundo en casi todos sus ámbitos. No hay nada hoy que escape a la existencia de esas tecnologías: en el sector productivo, en las finanzas, en la industria militar, en el ámbito sanitario, en la política, en la cultura, en la educación, en la investigación, etc., y, por supuesto, en las relaciones sociales de los ciudadanos en tanto que prosumidores.
Esta revolución provocada por la confluencia de la informática, de las telecomunicaciones y de la microelectrónica sostiene el actual desarrollo económico de las grandes potencias que controlan dichas industrias y sus materias primas (minerales críticos y metales de alta pureza). Y, si bien, el poder se ha mantenido siempre con el concurso de los medios de comunicación tradicionales, en la actualidad se produce también gracias al control de los nuevos medios y de las plataformas digitales. En este escenario, se produce en la actualidad una convergencia de procesos simultáneos que están alterando la configuración geopolítica del mundo salido de la Segunda Guerra Mundial y de la desaparición de la URSS con la aparición de nuevos actores internacionales; pero también la crisis de la democracia en Estados Unidos, en países de la Unión Europea, donde antes era impensable, o de América Latina, entre otros, debido al triunfo de posicionamientos políticos contrarios a los valores de la democracia. En medio de este panorama, y no ocurre solo en España, la crispación política que se produce en países en los que actualmente está en juego el modelo político y social se traslada a los ciudadanos que reproducen en las redes esa misma crispación, así como a los propios medios de referencia y a sus periodistas que se atrincheran en sus análisis y opiniones. Desaparece así para el usuario toda certeza sobre lo que está aconteciendo, y brota el sentimiento frente a la razón a la hora de situarse frente a los hechos. Esta inversión de la lógica del periodismo se ve lastrada por factores muy diversos, algunos de los cuales no son estrictamente comunicativos. En primer lugar, el contexto de la comunicación social es determinante a la hora de analizar la cobertura informativa de los medios; así como, su función política, socio-cultural, o económica no se puede separar de las condiciones políticas, sociales, culturales, o económicas de dicho contexto. Y, en segundo lugar, la gran transformación que hoy experimentan las empresas periodísticas y de la comunicación, por razones de las tecnologías digitales, les abre nuevas posibilidades de expansión a nivel de mercado porque pueden gozar de mayores cotas de difusión y de influencia (debido a la instantaneidad e interactividad de los nuevos medios). Sin embargo, esas mismas empresas muestran una cierta incapacidad para velar por la ética de sus contenidos o por la estabilidad de sus plantillas. Y atribuyen a causas ajenas las razones de estos problemas. La lógica del mercado y del capitalismo empresarial, en un caso, o el incumplimiento de las mínimas normas éticas del periodismo, en otro; sin la denuncia de la propia profesión, de sus colegios, asociaciones o sindicatos, así como de otras instancias, inclusive políticas, son causas que pueden estar condicionadas por factores internos y externos. Es el caso del aumento de la desinformación que ha crecido en los últimos años malversando el espíritu del periodismo, y enajenando a los ciudadanos del verdadero periodismo. El único posible, el periodismo veraz. Este fenómeno, que tiene en España uno de sus principales territorios, está muy vinculado a la polarización política del país, que se ha trasladado a los medios que actúan como correa de transmisión de intereses partidarios por encima de su propia profesionalidad; así como del bien común que debe encarnar todo proyecto informativo de los medios, pues la información es un derecho. No hay periodismo sin veracidad ni transparencia. Obviamente, todo esto afecta directamente a los ciudadanos y a su derecho a la información.
Pero el ciudadano, que es poseedor de derechos en tanto que ciudadano, hoy se encuentra bastante desamparado, pues asiste pasivo a un espectáculo al que es ajeno y frente al cual no posee muchos recursos. A mi entender hay dos maneras de proteger a ese ciudadano: por un lado, capacitándolo ante los mensajes de los medios; y, por otro, amparándolo desde el derecho y desde la política para evitar que se vean lesionados los derechos que posee. Hay que trabajar, pues, en ambas direcciones y de manera simultánea y complementaria.
La formación de los usuarios de la comunicación y de la información ha de ser no solo práctica sino también teórica. Ha de recurrir al manejo crítico de las fuentes y a conocer los procedimientos de verificación que emplean las agencias especializadas y los propios medios. Y ha de iniciarse en el aprendizaje autónomo y significativo sobre los medios mediante postulados pedagógicos y didácticos específicos. Este conocimiento centrado en el estudio crítico de las formas y medios de la comunicación ha de contemplar también las distintas funciones de los medios de comunicación y considerar su grado de cumplimiento a partir de estudios de casos. De modo que distinga con claridad la función informativa o periodística del grado de politización que puedan tener, o de sus intereses económicos como empresas. El conocimiento básico del derecho a la información, de los márgenes de la libertad de expresión, y de las normas que velan en una democracia por la integridad de los valores del sistema y por la defensa de los ciudadanos, han de ser también algunos de los contenidos fundamentales de la alfabetización mediática. Pero no se trata en este breve espacio de proponer los contenidos de un programa de esta naturaleza. Tan solo, de insistir en su importancia para contribuir a través de la enseñanza obligatoria (primaria y secundaria), de bachillerato, de formación profesional (FP), y universitaria, a la creación de ciudadanos más críticos. El conocimiento de la comunicación social en un entorno digital, y ahora también en un contexto de crisis de la democracia, nos ha de empujar a reforzar el papel de los ciudadanos. La democracia necesita medios libres e independientes, y a su vez ciudadanos críticos y participativos. Porque en estos momentos hay una cierta confusión entre periodismo y política, que dificulta observar con claridad y serenidad el panorama mediático. Mucho más si queremos detenernos en el proceloso mundo de las redes sociales; pero ese no es hoy nuestro objetivo.
Algunas de las recomendaciones en esta materia para el sistema educativo, incluidas las universidades, pueden ser, entre otras:
- Aumentar el nivel de formación de los estudiantes en los distintos niveles educativos, pues un mayor nivel facilita el aprendizaje crítico.
- Implantar programas de alfabetización mediática y digital en los centros educativos que, sumados a la mejora de la formación de base, permitirá a los estudiantes entender mejor el funcionamiento y características de la información y de la comunicación social. Así como el ejercicio profesional.
- Integrar, cuando sea posible, la formación mediática en el currículum de otras materias cuyos contenidos también se vehiculan y transmiten a través de los medios y de otros canales digitales.
- Establecer tres niveles de formación: formación para los estudiantes de niveles obligatorios, incluidos Bachillerato y FP; formación universitaria opcional en esta materia para estudiantes que no son de Comunicación; y formación para la ciudadanía.
- Consolidar en la enseñanza pública Obligatoria, Bachillerato y FP la existencia de cuerpos docentes de materias de Comunicación.
- Promover la inclusión de materias de alfabetización mediática en los curriculum de las Facultades de Comunicación que no la posean.
- Vincular la alfabetización mediática con el derecho a la información, la libertad de expresión y de opinión y los valores democráticos.
- Alfabetización social, sí, pero junto a políticas de comunicación e información que no hagan recaer solo en la educación, y por tanto en el ciudadano, la responsabilidad de hacer frente a la existencia de la desinformación.
Algunas recomendaciones el ámbito de los medios y de las políticas de gobierno pueden ser, entre otras:
- Velar por la defensa de los ciudadanos ante la proliferación de la desinformación y de la mentira en los medios. Las empresas de comunicación deben anteponer su condición de servicio público a otros intereses, a pesar de su titularidad privada, y deben evitar que esto se produzca.
- Respetar y defender la cláusula de conciencia de los periodistas. El intrusismo y la precariedad profesional condicionan la independencia de los periodistas.
- Promover la intervención de las asociaciones, colegios profesionales y los sindicatos en los diferentes conflictos profesionales y laborales, como entidades de intermediación.
- Velar por el funcionamiento democrático de la comunicación.
- Procurar políticas de información y comunicación que no hagan recaer en los ciudadanos la responsabilidad de defenderse solos de la existencia de la desinformación.
- Dignificar y mejorar las condiciones de trabajo de los periodistas, y acabar con la precariedad laboral y el intrusismo.
- Aumentar las plantillas de los medios con profesionales especializados, y especialmente con egresados de las Facultades de Comunicación.
- Consolidar la figura de los verificadores en los medios, etc. No obstante, tan importante como esto es recuperar las raíces del periodismo y ejercerlo de manera profesional, contrastando las fuentes, y anteponiendo la veracidad a cualquier otro criterio.
- Regular de algún modo el funcionamiento y contenidos de las redes sociales.
En un momento de crisis real de la democracia resulta imprescindible que reflexionemos de forma crítica en torno al papel de la comunicación social hoy, y en la responsabilidad del sistema educativo en su conjunto, y también de la universidad, en la capacitación mediática de los estudiantes y de la ciudadanía. Pero sin olvidar que no hay enseñanza del periodismo ni de la comunicación sin conocer el contexto. La crisis de la democracia no se produce solo porque ella no funcione, sino por intereses externos que tratan de implosionar la democracia desde dentro para acabar con ella e implantar un régimen iliberal o una autocracia; y, por tanto, imponer nuevos valores contrarios a los actuales. Y en ese nuevo escenario ni el periodismo ni la educación serán libres. Por eso, la universidad, que puede desempeñar un papel de liderazgo en este proceso, junto al periodismo deben procurar la defensa de la libertad y de la democracia: la primera, a través de la formación; y el segundo, de la información, para así seguir contribuyendo a una sociedad mejor y más justa, y ahuyentar el fantasma de la involución. El periodismo muere en las dictaduras porque el periodismo es por naturaleza libre y la sociedad en ellas no lo es. Hemos de evitar pues la muerte del periodismo, tantas veces preconizada.
Para ello hay que mostrar a los ciudadanos la realidad compleja de la comunicación social, y que puedan acercarse a ella con recursos, pero también con confianza. La evolución histórica del periodismo y de la comunicación social demuestra, entre otras cosas, que la estructura de la propiedad de los medios y formas de la comunicación, desde los medios más convencionales hasta las actuales plataformas digitales, han condicionado siempre el mensaje, y por ello se han convertido en factores de poder. Lo que veíamos siempre como la cautela necesaria en el estudio de los medios, sus propios intereses, justificando incluso su papel mediador a pesar de su implicación en las estructuras de poder, hoy debe seguir siendo objeto principal de nuestros análisis. Si durante los años de la transición política española el nuevo periodismo que surge durante aquellos años se postulaba como contrapoder, en la actualidad por el contrario ese no es el periodismo mayoritario.
Estamos atrapados por unas circunstancias que parecen preconizar con cierto escepticismo que llegan tiempos difíciles, los ataques a la democracia se suceden en numerosos países y se ponen en peligro muchos de los avances sociales alcanzados. Para la defensa de la democracia y del bienestar de la sociedad es más urgente que nunca continuar impulsando políticas que mejoren la vida de la ciudadanía, y que esta sienta confianza en sus instituciones. El estado de derecho se fortalece con una sociedad más formada y participativa. La Inteligencia Artificial (IA), que se presenta como la panacea para impulsar el desarrollo general de la sociedad, y no discutimos aquí su potencialidad, fracasará si no fomenta la cultura humana y el patrimonio cultural de la sociedad. Si no acompañamos el desarrollo tecnológico y las capacidades de la IA de políticas educativas y culturales dirigidas a la ciudadanía que propicien también el desarrollo y las capacidades de la inteligencia humana (IH), estaremos provocando el distanciamiento entre una y otra, y cuando no la dependencia de quienes la controlen.

