¿Está en crisis la comunicación democrática? Desafíos frente al antiliberalismo contemporáneo
Por Silvio Waisbord, doctor en Sociología por la Universidad de California y profesor de Periodismo y Comunicación Política en la Universidad George Washington.
TRIBUNA ABIERTA
Cómo citar: Waisbord, S. (2026, 29 de mayo). ¿Está en crisis la comunicación democrática? Desafíos frente al antiliberalismo contemporáneo. En Boletín Mensual de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación, (554). https://doi.org/10.5281/zenodo.20417077
Que la democracia liberal esté en crisis es una idea frecuente en investigaciones académicas, columnas de opinión y noticias recientes. El ascenso global de fuerzas antiliberales y la persistencia de crónicos autoritarismos y totalitarismos sugieren una situación de crisis. El antiliberalismo, encarnado en el populismo, oscila entre sospecha, escepticismo y hostilidad hacia principios básicos de la democracia: la separación de los poderes públicos, la autonomía de los mecanismos de rendición de cuentas, el estado de derecho, la protección de derechos, la independencia de los medios de información y comunicación, y las elecciones justas y libres. Asimismo, la vigencia de autoritarismos de distintos tipos, como dictaduras militares, partidos únicos y monarquías, señala los límites de la ola democrática de las últimas décadas.
¿Se aplica tal conclusión a la comunicación masiva en sistemas democráticos? ¿Qué significa “comunicación en crisis”? (la situación en regímenes no-democráticos obviamente excede una situación de crisis). Responder a estas preguntas es útil para comprender el “momento antiliberal” desde una perspectiva comunicacional, que sirva tanto para el diagnóstico como para debatir respuestas posibles.
Si miramos la literatura reciente, se justifica concluir que la comunicación democrática enfrenta formidables desafíos: desinformación, polarización afectiva, irracionalismo, intolerancia, odio, violencia, demagogia, posverdad, nihilismo, indiferencia, visiones conspirativas. Estos fenómenos alimentan y caracterizan el antiliberalismo. Si bien no son tendencias nuevas, considerando que estos fenómenos sustentaron movimientos antidemocráticos y regímenes brutales, han cobrado vigor recientemente.
Comunicación y democracia
¿Qué se entiende por comunicación democrática? Se identifica con una serie de condiciones institucionales y éticas que son centrales al pensamiento liberal y las experiencias históricas de la democracia occidental.
La comunicación democrática se identifica con dos condiciones esenciales: instituciones y valores.
Así como la democracia liberal demanda instituciones – estado de derecho, división de poderes, derechos individuales, constitución, y elecciones libres, la comunicación en democracia también necesita instituciones. Pensemos en la esfera pública como andamiaje de asociaciones y espacios para la formación de la opinión pública con autonomía del poder político y económico; leyes que garanticen derechos comunicativos básicos – prensa, asociación, y expresión; y una red de instituciones con capacidad de producir información y conocimiento que sirva como mecanismo de control del poder – prensa, agencias oficiales independientes, asociaciones profesionales, universidades, institutos científicos, y organizaciones de la sociedad civil.
Asimismo, la comunicación en democracia demanda un ethos liberal – determinados valores que subyacen a disposiciones y prácticas. Este ethos es tan amplio como la misma categoría de “liberalismo”. Está asociado con valores e ideales como la ciudadanía informada, el uso público de la razón crítica, el diálogo, la búsqueda de la verdad, y disposiciones particulares – tolerancia, empatía, cooperación, solidaridad y el reconocimiento de la humanidad, en otros.
Este ideario aglutina influencias de diferente procedencia filosófica y política compatibles con principios liberales, como el comunitarismo, el humanitarismo, y el multiculturalismo. Son ideas que inspiran y articulan tanto la arquitectura institucional de la comunicación en democracia, como prácticas individuales y colectivas. De hecho, estas dos dimensiones son interdependientes: las instituciones deben proteger y cultivar determinados valores, y los valores deben servir de guía al funcionamiento de las instituciones.
Estas condiciones definen el paradigma liberal de la comunicación. Estas ideas no están prolijamente encuadernadas en un decálogo o manual, sino que forman parte del bagaje intelectual y político de la tradición democrática-liberal. Aparecen dispersas en campos discursivos – teorías, debates políticos, experiencias, políticas públicas, formación escolar y principios pedagógicos. Recogen aspiraciones ilustradas por debates parlamentarios, referendos públicos, movilización ciudadana, expresión pública, y diálogos comunitarios.
Las estructuras de la comunicación masiva en la sociedad digital
La situación actual de la infraestructura comunicativa contrasta notablemente con los ideales liberales. Varios desarrollos recientes profundizan desafíos existentes y generan nuevos problemas – desde el dominio de lógicas comerciales y cálculos privados, hasta el poder arbitrario de gobiernos y estados de maniatar la expresión y la información a través de mecanismos de censura.
En la sociedad digital domina la comunicación plataformizada controlada por corporaciones globales, cuyo interés excluyente es maximizar el rédito económico a través de la explotación de la atención pública. Las plataformas reflejan el perfeccionamiento del “capitalismo de las emociones” que acumula y concentra niveles extraordinarios de atención fundamentalmente apelando a sentimientos, conflictos e intereses particulares. Sobre esta infraestructura, se montan acciones coordinadas, campañas de influencia, y streamers, influencers, creadores y otros generadores de contenidos.
Las corporaciones tecnológicas no pretenden contribuir al bien común y fines democráticos, como la información ciudadana, poner la atención en prioridades públicas, o privilegiar la información de calidad, ni siquiera balancear intereses públicos y privados. Su objetivo central es atraer atención a escala de forma constante con contenidos con estimulen la actividad/engagement de las audiencias. Este objetivo se articula en la lógica de algoritmos que priorizan temas y formatos que activen el interés de determinados grupos.
La comunicación digital plataformizada transforma las condiciones de existencia de los públicos. Privilegia la conexión grupal, la movilización emocional y la definición de temas factibles de generar significativa atención. La duración de los públicos está determinada por prioridades corporativas – la renovación constante de contenidos que activen la atención. De ahí, que públicos fugaces y pasajeros se constituyen y desarman al ritmo de particulares tendencias y contenidos virales que son rápidamente reemplazados por otros.
Estas condiciones aceleran la fragmentación y polarización de la comunicación en democracia. La noción liberal de la esfera pública como armazón institucional común para la formación de opinión se transformó en archipiélagos de espacios mediáticos articulados según diferentes variables – posición socioeconómica, nivel de educación, edad, género, identidad política, temas de interés, y otros. Los algoritmos de las plataformas fomentan estructuras de red dinámicas y multicéntricas que fluctúan y persisten en el tiempo, constituyendo un modo de formación de públicos parciales y desagregados.
Esta fragmentación mediática no es radicalmente nueva; exacerba problemas ya existentes en los sistemas de medios dominantes antes de la revolución digital. Lo que cambia fundamentalmente es la escala y la capacidad de generar infinidad de microespacios (que suelen ser llamados, con cierta equivocación, “burbujas” o “cámara de eco” ya que no necesariamente funcionan en tanto no están completamente cerradas a ideas diferentes).
Nos enfrentamos con la imposibilidad de una infraestructura comunicativa común. Si bien este fenómeno tiene aristas democráticas, en tanto en principio permite una diversidad de expresiones y conexiones que ensamblen públicos diversos, tiene limitaciones claras. Eleva contenidos que concitan atención masiva, y acelera la desagregación del público y los espacios de comunicación. Ciertamente, brinda espacios para el ejercicio de ideales comunicativos de la esfera pública liberal – reflexión, razón critica, diálogo, civilidad, en vastos rincones de internet. Sin embargo, es discutible que estos rasgos sean salientes y dominantes en esferas públicas fragmentadas según intereses e identidades grupales.
La multiplicación de redes y públicos digitales facilita la consolidación de la posverdad como rasgo dominante. Entiendo la “posverdad” como una situación de ruptura epistemológica que socava la base de la búsqueda de la verdad como una empresa común y compartida. La verdad presupone un consenso fundamental sobre los métodos utilizados para recopilar información y los hechos considerados evidencia legítima de la realidad. En cambio, la posverdad se refiere a una condición epistemológica de división y conflictos sobre las formas legítimas de determinar la realidad. Esto se refleja en el hecho de que amplios sectores de la población sostienen creencias demostrablemente falsas, en la circulación y el apego de visiones conspirativas, y en el impacto de campañas de desinformación desde las élites y actores asociados.
La situación de posverdad es contraria a la utopía liberal de la búsqueda de la verdad como empresa común producto del uso de la razón colectiva. Cuando la vida pública se impregna de mentiras y conspiraciones falsas, aspectos fundamentales de la democracia se ven amenazados. La trágica historia del totalitarismo y el autoritarismo del siglo XX demuestra la afinidad entre movimientos antidemocráticos y la situación de posverdad – el desdibujamiento de los límites entre lo real y la ficción de la mano de la propaganda. La advertencia de Voltaire de que la creencia en absurdidades conduce a atrocidades es pertinente en la situación actual.
Asimismo, los contenidos de medios informativos difícilmente consigan prominencia en las plataformas, justamente porque estas últimas controlan los “cuellos de botella” de acceso a públicos globales y priorizan otros contenidos por razones económicas y políticas.
Otro desafío es la desinstitucionalización de la comunicación masiva. Instituciones clásicas del liberalismo, como la prensa, tienen menor capacidad de mediatizar la información y la expresión comparada con las plataformas y el surgimiento de una infinidad de creadores e influencers. La preferencia de ciertos públicos por contenidos no-periodísticos reduce la relevancia de la prensa. Ante el extendido desinterés y crecimiento de la “evitación” de las noticias, el periodismo se vuelve menos relevante a nivel masivo, aunque aún conserve presencia e influencia en determinados nichos/grupos y logre picos de atención en determinadas coyunturas – escándalos, accidentes, desastres naturales, elecciones, inicio de conflictos bélicos, riesgos para la salud pública. La desinstitucionalización de la información erosiona la capacidad del periodismo de ser importante como gatekeeper e influenciar agendas públicas. Mas allá de ejemplos que muestran su poder de concentrar atención e influencia en ciertas ecologías comunicativas, confronta la sostenida pérdida de audiencias.
El periodismo no escapa al proceso de desinstitucionalización de la comunicación masiva. Así como los medios modernos gradualmente tomaron funciones de mediatización originariamente articuladas por instituciones políticas y sociales, las plataformas digitales remediatizan la vida pública. Debido a su formidable capacidad de agregar públicos, reposicionan a los medios masivos y determinan nuevas reglas del funcionamiento de lo público. Los públicos digitales se forman según criterios exclusivamente definidos por las corporaciones tecnológicas quienes deciden unilateralmente qué contenidos concitan atención, por cuánto tiempo, bajo qué formatos y otras cuestiones.
En síntesis, las instituciones de la comunicación liberal sufren el poder gravitante de las plataformas digitales y la progresiva desinstitucionalización de la comunicación masiva. Este doble proceso erosiona su posición y relevancia en la esfera pública desagregada y dispersa. Como hecho comunicacional, la opinión pública, si todavía podemos hablar de ella en singular como un ente único, se forma en condiciones institucionales diferentes a la visión liberal de espacios comunes. Lejos de operar como sistema público de “inteligencia democrática”, la infraestructura digital profundiza problemas crónicos de la comunicación masiva.
El ethos comunicacional de la democracia
El ethos comunicacional de la democracia también enfrenta desafíos profundos. El imaginario de la democracia liberal realza ciertos fenómenos comunicativos como virtuosos, deseables y necesarios: la información (y el interés por estar informado), la búsqueda de la verdad, el ejercicio de la razón pública, la tolerancia de ideas diferentes y opuestas, y la inclusión de perspectivas diversas en el diálogo ciudadano. En cambio, el antiliberalismo concibe la política como un eterno antagonismo entre amigo-enemigo. Desde esta perspectiva, entiende la comunicación política en los siguientes términos: la esfera pública como espacio de competencia y conflicto constante, verdades divididas, brechas epistémicas, y polarización afectiva necesaria e inevitable anclada en la división entre “nosotros” y “ellos”. Esta visión está en las antípodas al paradigma liberal
Es importante remarcar que la comunicación humana es infinitamente más compleja que las aspiraciones de la comunicación liberal. Aunque sea obvio hay que recordar rasgos esenciales que articulan la comunicación masiva: creencias y emociones negativas (miedo, ansiedad, desconfianza, odio, desprecio), pasiones (goce, amor, tristeza, humor), convicciones ancladas en identidades grupales, sesgos cognitivos, y despreocupación por la ignorancia. De hecho, la enorme literatura contemporánea enfatiza la importancia de estas disposiciones y prácticas para explicar el ascenso del antiliberalismo – su capacidad de sintonizar con resentimientos, identidades grupales exclusivistas, sentimientos de odio, y miedos. Fenómenos como la desinformación, la pulsación de visiones conspirativas, el torrente constante de mentiras, el discurso del odio, el carisma político, y la polarización no pueden ser explicados sin poner una complejidad de valores contrarios al ethos democrático en el centro.
De hecho, estos fenómenos que nutren el antiliberalismo son esenciales al estudio de la comunicación, específicamente a la persuasión como rama de investigación y práctica. Mas allá de sus propósitos particulares (políticos, comerciales, culturales), la persuasión se focaliza, por ejemplo, en la capacidad de la emoción como palanca para captar la atención y convencer a públicos sobre ciertas ideas. Este abanico temático es central a la comunicación humana, como se reconoce desde la retórica de la antigüedad griega. A lo largo de la historia, demagogos y mercaderes han potenciado estas actitudes y sentimientos para beneficio propio.
Asimismo, los estudios en psicología de la comunicación/política han demostrado la importancia de actitudes y prácticas que no encajan con las aspiraciones de la comunicación liberal: limitado interés en tener conocimiento profundo sobre una variedad de temas públicos, la preferencia por atajos cognitivos (claves partidarias e ideológicas, líderes, identidades grupales) para tener opinión y participar/votar, la influencia de emociones positivas y negativas, apatía e indiferencia hacia la vida pública.
Considerando estos hallazgos y argumentos se hace difícil entrever cómo valores identificados con la sensibilidad liberal pueden prevalecer en la comunicación en democracia. No es claro cómo y por qué un temperamento ciudadano escéptico, curioso, interesado en maximizar la información, dispuesto a reconocer creencias propias erróneas, y priorizar la razón y el diálogo en la diferencia, predomina sobre otras tendencias. La visión del ciudadano puramente cerebral, interesado en la verdad demostrable fácticamente, dispuesto a cotejar ideas con otros que piensan distinto, no encaja con lo que sabemos tendencias claras en la comunicación política.
De ahí que debamos colocar al centro del análisis la enorme brecha entre el ethos aspiracional de la comunicación liberal y la complejidad de la comunicación humana.
Opciones
A la luz de lo discutido, propongo que los estudios de comunicación redoblen el interés en comprender las posibilidades concretas de las instituciones y el ethos liberal en el contexto de la infraestructura digital contemporánea y los valores antiliberales.
¿Cómo reconciliar las aspiraciones de la comunicación liberal con las tendencias que impulsan el antiliberalismo? ¿Es el imaginario liberal excesivamente optimista al ignorar la “madera torcida” de la humanidad en temas comunicativos? ¿O es un problema no de naturaleza humana, sino del imperio de la plataformización digital que actúa como usina global de atención y emociones negativas según criterios puramente privados? ¿Hay afinidad entre el capitalismo digital de las emociones con el resurgimiento antiliberal? ¿De ser así, cuáles son las alternativas?
Entendemos mejor los rasgos comunicativos del antiliberalismo (fanatismos, odio, violencia, tribalismo, intolerancia, desinformación, resentimientos), que la viabilidad de opciones para contrarrestar su influencia.
Carecemos de respuestas convincentes a preguntas claves: ¿Por qué debiera predominar el ethos democrático considerando las enormes dificultades mencionadas? ¿Qué evidencia tenemos de los rasgos de la comunicación liberal que captan la imaginación popular y pueden ser dominantes a escala en la batalla eterna por la atención? ¿Qué ejemplos muestran cómo el ethos de la comunicación liberal predomina en contextos de antiliberalismo latente o activo? ¿Son casos virtuosos factibles a gran escala – es decir, más allá de experiencias de laboratorio y programas de limitado alcance?
La respuesta no es renunciar a horizontes normativos, sino pensarlos de forma creativa y estratégica. Se debe evitar adoptar la posición del “lecho de Procusto” que fuerza ajustar la realidad a la doctrina. Después de todo, si el liberalismo enarbola la crítica como valor esencial, se debe hacer lo propio con su propia ortodoxia. Esto no implica renunciar a ideales éticos, sino actuar pragmáticamente, atendiendo a la complejidad de la comunicación humana y los límites del ethos democrático, especialmente en contextos adversos. Los ideales son abstracciones impecables que deben ser cotejados con las condiciones fangosas del mundo real y la comunicación política – estrategias, cálculos, actores, balance de fuerza, persuasión, coaliciones.
Se necesita una estrategia realista de la comunicación que demande lo que pareciera imposible en contextos desfavorables. Sostener ideales imposiblemente inalcanzables difícilmente resuelva los desafíos comunicativos que plantea el antiliberalismo. Pueden llenar el alma y motivar la imaginación, pero por sí solos no bastan. La convicción de la necesidad de información, razón y diálogo debe ser acompañada del análisis de realidades concretas que inspire hojas de ruta.
El clásico dilema del liberalismo político de defender el derecho a la expresión a ultranza, incluyendo voces antidemocráticas, es una de las disyuntivas de la comunicación. La revolución digital muestra que mayores posibilidades de expresión no promueven necesariamente otros ideales liberales, como la búsqueda de la verdad, el uso colectivo de la razón, o la ciudadanía informada. Un sinfín de expresiones reflejan las fisuras y las fracciones de la sociedad global: la visibilización de poblaciones marginalizadas, performances contra la violencia, “medios alternativos” que legitiman sentimientos xenófobos, y fanatismos que siembran odios. Estos fenómenos tienen una relación ambigua o contradictoria con otros valores del ethos democrático.
La investigación en comunicación puede hacer aportes únicos, estudiando y entendiendo la factibilidad y las limitaciones prácticas de ideales comunicativos democráticos. Se precisa más evidencia que demuestra la practicidad de ideales comunicativos – cómo se construyen y mantienen virtudes democráticas y resiliencia social a la luz de tendencias contrarias, especialmente considerando la desagregación del communication commons.
Difícilmente la respuesta consista simplemente en redoblar esfuerzos puramente informativos sin entender las condiciones mencionadas: el dominio de las plataformas en la comunicación masiva y el poder de persuasión de disposiciones antiliberales. Apostar principalmente al fact-checking y la alfabetización mediática, las dos respuestas dominantes para enfrentar la desinformación durante la última década, difícilmente logre mayores resultados sin comprender obstáculos y condiciones concretas.
Esta es una de las principales lecciones de esfuerzos recientes para combatir la desinformación. Aunque (a)parezca como tal, no es un problema de información; es un desafío comunicacional que demanda enfoques estratégicos, sensibles a cuestiones como la economía de la atención, actitudes y percepciones de públicos, credibilidad de fuentes, características de mensajes, y la eficacia de diferentes intervenciones. Como una piedra en el zapato, estos temas no pueden ser ignorados. Sin entender cuestiones y complejidades comunicativas, alertar a públicos sobre información falsa o equiparlos con habilidades críticas difícilmente tenga impacto significativo y durable a escala.
Volviendo a la pregunta inicial: ¿Está en crisis el modelo liberal de la comunicación en democracia?
Si entendemos crisis en su raíz etimológica como caos e incertidumbre, la comunicación democrática está en un prologando punto de inflexión. Ni la democracia ni la comunicación liberal pueden ser correctamente caracterizadas como régimen dominante, en tanto han sido excepciones históricas, limitadas principalmente a cierto rincón del mundo occidental. A nivel global, han sido proyectos inconclusos, temporarios, fluidos y excepcionales. Tuvieron una evolución zigzagueante global; enfrentaron enemigos, falencias y retrocesos.
La comunicación en democracia está en situación de eterna crisis, igual que el liberalismo del cual abreva. No puede desplomarse por completo un orden que en verdad está en permanente construcción. Existe en equilibrio inestable y en competencia constante con tendencias opuestas que incuban y dinamizan el antiliberalismo contemporáneo.
Referencias
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