Volver a mirarnos: por qué la teoría de la comunicación necesita recuperar el cuerpo y las emociones
Por Marta Rizo García, comunicóloga y profesora-investigadora titular en la Academia de Comunicación y Cultura de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Desde 2005 es integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti) del gobierno de México.
TRIBUNA ABIERTA
Cómo citar: Rizo García (2026, 26 de septiembre). Volver a mirarnos: por qué la teoría de la comunicación necesita recuperar el cuerpo y las emociones. En Boletín Mensual de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación, (57). DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.2274365
Introducción
En las últimas décadas, cuando la academia y los medios de comunicación discuten sobre «comunicación», la conversación suele quedar fascinada por el brillo de las pantallas. Hablamos de la inteligencia artificial, la «plataformización» de la vida, el funcionamiento de los algoritmos en las redes sociales, los fenómenos de viralidad o las transformaciones de las industrias culturales digitales. Ante tal fascinación tecnológica, parece que la investigación comunicacional ha olvidado su pregunta más básica: ¿qué ocurre cuando dos seres humanos se encuentran cara a cara y se afectan mutuamente?
En estas páginas, recupero la necesidad (nada reciente, por cierto) de superar el «mediacentrismo» -la obsesión por estudiar únicamente las tecnologías y los medios masivos- y regresar a la persona. Este regreso a los orígenes etimológicos del término comunicación (relacionado con la «comunión» y la «puesta en común») exige incorporar, al menos, dos dimensiones que la ciencia tradicional solía marginar por considerarlas «irracionales» o «subjetivas»: el cuerpo y las emociones. Apoyándome en tres grandes corrientes del pensamiento contemporáneo -el giro afectivo en las ciencias sociales, la sociología de las emociones y los estudios del cuerpo y las corporalidades-, ofrezco algunas ideas para una teoría de la comunicación con base corpoafectiva. [1]
1. El mediacentrismo y el olvido de la presencia física
Conviene, primero, hacer un breve repaso histórico de cómo se ha pensado la comunicación. Desde mediados del siglo XX, la investigación en esta disciplina centró sus esfuerzos predominantemente en los medios de difusión masiva: la prensa, el cine, la radio y la televisión. Con la llegada del siglo XXI, el foco se desplazó hacia las tecnologías digitales y las plataformas virtuales.
Pese a la innegable importancia de los medios en la estructuración de la vida contemporánea, esta fijación provocó que los procesos comunicativos no mediados -aquellos que suceden directamente entre las personas en su cotidianidad- quedaran relegados a un plano secundario, residual y en ocasiones inexistente en los debates académicos sobre la comunicación.
Cuando el cuerpo o las emociones han aparecido en las investigaciones sobre comunicación, casi siempre lo han hecho de forma indirecta o como objetos «de fondo», por ejemplo, en análisis sobre cómo los discursos mediáticos o publicitarios construyen estereotipos corporales, en estudios empíricos en torno a las estrategias emocionales de un político en un debate televisado o en la atención hacia los discursos de odio y las movilizaciones afectivas en las redes sociodigitales.
Recuperando el concepto del antropólogo Marcel Mauss (1991), aquí entendemos que la comunicación humana es un «hecho social total», una práctica que atraviesa la totalidad de nuestras vivencias cotidianas y que nos constituye como seres sociales, nos permite construir conocimiento sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre el entorno que nos rodea. Por ello, resulta insostenible mantener una teoría de la comunicación que ignore la herramienta primaria e insustituible de la interacción humana: nuestro propio cuerpo sintiente y emocional.
2. Los tres pilares teóricos de la mirada corpoafectiva
¿De dónde podemos tomar herramientas para construir una teoría de la comunicación que ponga al cuerpo y a los afectos en el centro? Específicamente, tomo en cuenta tres encuadres básicos: el giro afectivo, la sociología de las emociones, y los estudios sobre cuerpos y corporalidades.
2.1. El giro afectivo
Surgido a inicios del siglo XXI y conceptualizado formalmente por sociólogas como Patricia Clough y Jean Halley en 2007, el giro afectivo nació como una reacción crítica frente al «construccionismo social» y al sesgo excesivamente discursivo y lingüístico que dominaba a las ciencias humanas.
Durante mucho tiempo se asumió que todo en la sociedad era texto, discurso o lenguaje articulado. El giro afectivo propuso volver a «aquello que se siente», a esa fuerza ontológica que no depende necesariamente de la conciencia reflexiva ni de la palabra hablada.
Desde este enfoque, el afecto se define como la capacidad del cuerpo para afectar y ser afectado. Es un fenómeno, entonces, vinculado a la intensidad corporal, a la biología y a la capacidad orgánica de conectar con otros seres. Mientras que la «emoción» suele ser comprendida como la interpretación sociocultural de lo que sentimos, el «afecto» es la fuerza vital, pre-discursiva, que nos mueve o nos paraliza antes de que podamos ponerle nombre con palabras.
En el campo de la comunicación, investigadoras como Paula Sibilia (2005) han utilizado el giro afectivo para analizar cómo las tecnologías digitales modifican las subjetividades humanas. La exposición constante y creciente de lo privado en las redes sociodigitales ha desplazado la afectividad -antes recluida en la intimidad, en el espacio doméstico- hacia el corazón del espacio público. Lo anterior demuestra que lo afectivo no es un asunto privado o individual, sino una fuerza política de primer orden cuyo potencial para el análisis de lo social y lo cultural es innegable.
2.2. La sociología de las emociones
Durante siglos, la tradición filosófica occidental heredera del cartesianismo impuso una tajante separación entre la razón y las emociones, otorgando a la primera el monopolio de la verdad y descartando a las segundas como un obstáculo «irracional» para el conocimiento. La sociología de las emociones, desarrollada con fuerza a partir de los años setenta del siglo XX, rompió con este prejuicio al demostrar que las emociones no son meros impulsos biológicos o psicológicos individuales, sino construcciones sociales y culturales.
Aprendemos a sentir, a expresar o a reprimir nuestras emociones según las pautas, normas y expectativas de la cultura en la que nacemos. Si bien la emoción tiene una raíz biológica en el cuerpo, su manifestación e interpretación son profundamente sociales.
Autores como Randall Collins (2009) han desarrollado conceptos fundamentales para la comunicación como la «energía emocional» y los «rituales de interacción». Collins plantea que cuando dos o más personas se reúnen presencialmente, enfocando su atención en un punto común y sincronizando de forma inconsciente sus ritmos corporales y gestuales, se produce un fenómeno de «consonancia recíproca», y ello genera una recarga de energía emocional compartida que fortalece los lazos del grupo. En esa misma línea, el autor habla del «contagio emocional», esto es, de la inclinación instintiva de las personas a compartir el estado afectivo de quienes las rodean a través del comportamiento verbal y no verbal, incluso cuando no existe la intención explícita de comunicar algo.
2.3. Los estudios sobre el cuerpo y las corporalidades
Lo que sabemos del mundo lo sabemos por y a través de nuestros cuerpos, por lo que no es aventurado afirmar que el cuerpo es uno de los principales medios de comunicación que las personas tienen con el mundo. Conocemos la realidad mediante los sentidos, las percepciones y las sensaciones experimentadas en y desde nuestra piel.
Los estudios sobre el cuerpo afirman que este no es un envase inerte que transporta nuestro cerebro, sino un verdadero vehículo de comunicación con el entorno. El cuerpo opera en dos dimensiones simultáneas e interdependientes: la dimensión micro, según la cual el cuerpo expresa la historia única, los estados de ánimo y la subjetividad de la persona que lo habita; y la dimensión micro, cuya idea central es que el cuerpo comunica información valiosa sobre el contexto cultural, la clase social, el género, la edad y las estructuras de poder de la sociedad en la que se despliega.
Por tanto, el cuerpo habla por sí mismo. Involucra no solo la comunicación no verbal tradicional (gestos, postura, proximidad física), sino la presencia corpórea en su conjunto como un emisor y receptor permanente de sentidos que los discursos verbales por sí solos son incapaces de capturar.
3. La dimensión emocional de la comunicación cara a cara
Al cruzar estas tres corrientes teóricas con la teoría de la comunicación, queda claro que cualquier intercambio entre dos seres humanos es mucho más que una transferencia de datos o mensajes emanados de la razón y con fines meramente informativos.
Siguiendo al sociólogo Eduardo Bericat (1999), la comunicación humana posee tres componentes fundamentales: un componente cognitivo, que permite la aprehensión del mundo natural u objeto externo (datos, hechos, conceptos); un componente valorativo, que orienta a la aprehensión del mundo social (juicios éticos, normas, roles), y un componente emotivo, orientado al mundo personal e interno, a la aprehensión del sujeto-objeto como un ser sintiente.
El componente emotivo es el que garantiza la comunicabilidad de las emociones. A modo de ejemplos, podemos decir que, en una conversación informal, en un abrazo de consuelo o en una clase universitaria, los participantes no solo intercambian palabras, sino que ponen en juego una «economía de afectos». Es decir, se afectan mutuamente, aumentando o disminuyendo la capacidad de actuar del otro.
Esta perspectiva desafía la idea reduccionista de que la comunicación es un mero canal por el que circulan mensajes prefabricados. La comunicación es, en realidad, un proceso dinámico de construcción y coproducción de sentidos. Y ese sentido no se elabora únicamente en el cerebro o mediante códigos lingüísticos, sino en el espacio «intermedio», en la relación, ese territorio sutil que se abre entre un cuerpo y otro cuerpo.
4. ¿Por qué el cuerpo y las emociones han sido ignorados?
Si la relación entre cuerpo, emoción y comunicación es tan evidente en nuestra vida cotidiana, ¿por qué la investigación académica la ha mantenido en el olvido durante tantas décadas? Algunas razones históricas e institucionales son las siguientes. En primer lugar, la sombra del cartesianismo, que hizo que la ciencia moderna se erigiera sobre la sobrevaloración de la razón abstracta y el lenguaje escrito, catalogando lo corporal y afectivo como «ruido» que amenazaba la objetividad del conocimiento científico. En segundo lugar, se puede mencionar que la fascinación hacia la tecnología ha hecho que la investigación en comunicación haya buscado su legitimidad sobre todo estudiando los fenómenos más novedosos e impactantes de cada época (la televisión en el siglo XX, los smartphones y las redes sociales en el siglo XXI), dejando de lado las interacciones cotidianas por considerarlas «banales» o «demasiado simples». Una tercera razón es la división del trabajo disciplinar, que comportó que se asumiera que todo lo relacionado con el cuerpo se estudiara desde disciplinas como la medicina o la antropología física, mientras que las emociones y los afectos debían ser estudiados por la psicología o la psiquiatría, sin que la comunicación tuviera mucho que decir al respecto. Por último, la dificultad metodológica para registrar la sutileza de las atmósferas emocionales, las miradas o los contagios afectivos, en contraste con lo relativamente sencillo de medir el rating de un programa o de analizar el contenido de tweets, por citar un par de ejemplos, ha hecho que lo corpoafectivo haya sido relegado a un plano muy secundario en la investigación en comunicación.
Separar el cuerpo de las emociones es un error metodológico y teórico. Cuerpos y emociones no existen por separado: las emociones son siempre experiencias corporales situadas en un contexto sociocultural específico.
5. El reto digital: ¿cómo nos afectamos a través de las pantallas?
Proponer una teoría de la comunicación con base corpoafectiva no significa caer en un romanticismo del pasado ni negar la realidad de la era digital. Es decir, no se trata de rechazar las investigaciones sobre internet, los algoritmos o las redes sociodigitales, sino de reconfigurar la mirada con la que estudiamos la propia digitalización y su impacto en nuestra cotidianeidad y en las configuraciones subjetivas e identitarias de hoy.
Las tecnologías digitales no han eliminado el cuerpo ni las emociones; más bien los han reconfigurado radicalmente. Las pantallas han dado origen a lo que algunos autores denominan una «nueva ontología» o nuevas formas de subjetividad, que observamos en elementos como los siguientes: nuevas geografías afectivas, que se construyen en tanto las personas utilizan emojis, stickers, notas de voz o transmisiones en vivo para transmitir estados emocionales a distancia, buscando replicar la calidez del cuerpo ausente; movilizaciones afectivas digitales, que vemos en, por ejemplo, las olas de indignación colectiva, el linchamiento digital o la solidaridad global ante una causa social, y que demuestran cómo la emocionalidad circula a través de las redes con una velocidad inédita; o la “plataformización» del deseo y el cuerpo, dado que la forma en que nos mostramos en plataformas como Instagram o TikTok transforma la percepción que tenemos de nuestra propia piel, alimentando nuevas sensibilidades, ansiedades y modas estéticas.
Incluso cuando interactuamos a través de un teléfono inteligente, hay un cuerpo físico sosteniendo el dispositivo, una vista fatigada por la pantalla, una postura encorvada y un pulso cardíaco que se acelera ante una notificación. Por tanto, la tecnología digital no es desencarnada, más bien está profundamente encarnada en la corporalidad del usuario.
En este sentido, la mirada corpoafectiva que propongo no es un llamado a ignorar lo digital, sino a preguntarnos: ¿qué le sucede al cuerpo y a los afectos de los seres humanos en esta nueva ecología comunicativa? ¿Cómo se transforman la empatía, el contagio emocional y la capacidad de afectación mutua cuando la interacción está filtrada por un algoritmo?
6. Nuevos horizontes para la investigación en comunicación
Consolidar una perspectiva corpoafectiva abre un abanico inmenso de posibilidades para la investigación en comunicación. Al mover el foco de los dispositivos técnicos hacia las personas, surgen preguntas de investigación mucho más ricas, complejas y necesarias para nuestros contextos sociales. Estas preguntas pueden agruparse, a modo de propuesta, en varias líneas temáticas:
- Comunicación, género y corporalidades: El enfoque de género ha sido uno de los campos pioneros en rescatar la importancia del cuerpo. ¿Cómo comunican las corporalidades disidentes, diversas o feminizadas en espacios dominados por lógicas patriarcales? ¿De qué manera la violencia o la discriminación se inscriben y se comunican en la piel de las personas?
- Emocionalidad y discurso político: Más allá de analizar la ideología o las propuestas de los partidos políticos, la mirada afectiva permite entender por qué ciertos discursos basados en el miedo, la rabia o la esperanza logran conectar de forma tan visceral con las grandes mayorías populares.
- Cuerpo, salud y comunicación: La experiencia de la pandemia por COVID-19 dejó en evidencia cómo el contacto físico reprimido, el distanciamiento social y el aislamiento afectivo impactaron de manera drástica en el bienestar mental de las personas.
- La comunicación en el aula y la pedagogía del cuidado: La educación no es una mera descarga de contenidos informativos, sino un ritual afectivo de interacción presencial. En este sentido, es pertinente la pregunta sobre qué papel juegan las atmósferas emocionales, la voz del docente y el lenguaje corporal en el proceso de enseñanza y aprendizaje.
- Protesta social y presencia física: A pesar de la importancia de las redes sociodigitales para movilizar a la ciudadanía, el momento cúspide de la protesta social sigue siendo la ocupación física del espacio público: miles de cuerpos marcha a la par, coreando consignas al unísono y generando una inmensa «energía emocional» colectiva.
Conclusión: humanizar la teoría para comprender nuestro presente
En un mundo cada vez más mediado por interfaces frías, pantallas táctiles y respuestas automatizadas por inteligencias artificiales, es importante seguir haciendo una invitación a la reconexión, a poner en el centro de nuestras investigaciones a los afectos, las emociones y los cuerpos.
Si la teoría de la comunicación insiste en definir su objeto de estudio únicamente en función de las herramientas tecnológicas, corremos el riesgo de perder de vista lo que nos hace profundamente humanos.
Devolver el cuerpo y los afectos al centro de la teoría comunicacional no es una excentricidad académica. Es, o así lo comprendo, un acto de restitución epistemológica y ética. Implica reconocer que la comunicación no es un simple intercambio de información entre computadoras o mentes desincorporadas, sino el encuentro complejo y a menudo vulnerable entre personas de carne y hueso que se miran, se escuchan, se estremecen, se afectan y se transforman mutuamente.
Volver la mirada hacia la triada cuerpo-comunicación-emoción no significa olvidar de dónde venimos ni ignorar hacia dónde vamos. Significa, ante todo, recordar que no hay sociedad ni cultura posible sin esa energía afectiva que se enciende cada vez que dos cuerpos deciden poner algo en común.
Referencias
- Bericat Alastuey, E. (1999). El contenido emocional de la comunicación en la sociedad del riesgo. REIS. Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 87, 221–253. https://doi.org/10.2307/40184178
- Clough, P. T., & Halley, J. (Eds.). (2007). The affective turn: Theorizing the social. Duke University Press.
- Collins, R. (2009). Cadenas de rituales de interacción. Anthropos Editorial; Universidad Autónoma Metropolitana; Universidad Nacional Autónoma de México; Universidad Nacional de Colombia.
- Mauss, M. (1991). “Ensayo sobre el don” en Sociología Y Antropología, Tecnos, Madrid, pp. 155-263.
- Sibilia, P. (2005). El hombre postorgánico: Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. Fondo de Cultura Económica.
[1] Publicación original: Rizo García, Marta (2024) Reflexiones para fundamentar una teoría de la comunicación con base corpoafectiva. Saberes y Diálogos. Revista Boliviana de Estudios en Comunicación, N° 4 , julio 2024, pp. 105 – 111. ISSN: 2789-8148; DOI: https://doi.org/10.53287/ehpe2294xv12p

